La cuerda se llenaría de nombres.
Las pastillas de momentos.
Sobre el precipicio la distancia y el suelo se inundan de recuerdos.
Y una bala tiene la voz de mi progenitora que dice no lo hagas.
El veneno tiene los ojos de las personas que aprecio y tal vez por eso siempre se derrama al piso como lágrimas que nadie ve.
Soy un cobarde cada vez que la palabra cruza por mi mente una ansiedad me envuelve y sin darme cuenta la melancolía me da un poquito de aprecio para continuar mi vida.
Pero a todo esto hay algo que me reconforta.
Y es saber que cada día falta menos para el último.
Y eso me hace esperar pacientemente a mi muerte.