Renuncia
Para, detén tu pensamiento un momento.
Observa.
Todo se derrumba y tú insistes en sostenerlo.
La sociedad colapsa en el consumismo y tú insistes en consumir tu vida para pertenecer. ¿Pertenecer, pertenecer?
¿Acaso tú les perteneces?
Obsérvate en el espejo de un vagabundo.
¿Acaso puedes hacerlo?
Porque es más fácil mirarte en el espejo de una habitación y de un adulador.
¿Acaso tienes miedo a la verdad?
¿Cuál verdad?
Cubres tus cicatrices con etiquetas de marcas, joyas, filtros y maquillaje.
Eres más un personaje que una persona.
Un sujeto sujetado por la publicidad.
Acaso esta terrible ambigüedad ha generado el hacer nuestra vida pública.
Dónde quedó la privacidad de la comida, de la compañía, del momento en el espacio y, sobre todo, de la soledad.
Cabe la posibilidad de que las redes sociales nos atrapen, nos esclavicen, nos juzguen y condenen por no ser lo que la sociedad quiere que seamos y no por lo que realmente somos.
Quizá, eventualmente, con el tiempo que no perdona, nos daremos cuenta de que somos gusanos con alas artificiales y que volamos a través de las pantallas cibernéticas para caer en la red de un sistema que nos hace olvidar que la metamorfosis no sucede a la inversa.