viernes, 7 de enero de 2022

lo crudo de la infancia

Y el niño de mi interior.,
se estremece, llora, se aterra y tiembla de miedo.
Sabes dejarlo ver este mundo de viejos, donde la alegría es un acto revolucionario cuando no se tiene dinero.
No es fácil.
Dejarlo ver yo con coraje y el asustado;
La tragedia del trabajo en la calle, en aquel semáforo.
Él nota, y yo sé,
el hambre en su boca, el maltrato en su cara, y un brillo de esperanza en los ojos al ver el dinero en sus manos.
Que probable mente sea arrebatado por algún adulto.
Cobarde!.
Y caminamos, yo con rabia he impotencia y el afligido por la empatía. 
Observando las caras de las personas que miran la postal trágica; unos con indiferencia en sus rostros, otros lo miran como criminales y se asustan de ello, algunos con lástima he hipocresía en sus semblantes y pocos en verdad muy pocos lo miran sorprendidos por su acto laboral y artístico que plantea (y que tiene de artístico un niño de 6 años con la cara pintada de payaso asiendo malabares con piedras mientras silva algo sin sentido). Lo tiene todo el arte del semblante en su cara la alegría y el gozo de hacerlo por gusto/ vaya entre lo que cabe. Y terminan dándose cuenta. La fuerza que implica vivir de la calle.
Y nos sentamos a la distancia, yo para entenderlo y él para explicarme. 
Pero sin dejar de mirar el cuadro de la realidad del día a día.
Nunca pensé que mi niño lo conociera tan bien. 
Tal vez por ser niño. 
Y lo que aprendí no fue fácil de digerir.
él me planteo, de una manera adulta sensata y con mucha razón la desgracia de ese niño como si él lo hubiese vivido. (nunca supe si en el momento se puso en los zapatos de aquel niño o en verdad lo sufrió. No tuve el valor de preguntarle).
Me explico que ese niño no era indiferente a lo vivido 
que él sabía a ciencia cierta lo que le pasaba, pero no entendía por lo que vivía
que el niño con cara de payaso culpaba a sus padres de su tragedia, de trabajar en vez de jugar, de mendigar en vez de estudiar y de llorar en vez de reír, los culpa y tal vez con cierta razón de los abusos, los golpes y que él sabe que las caricias que lo tocan no son de amor sino de morbo. 
Pero mi niño me explico que hasta cierto punto los padres no son los únicos culpables
que el sistema creado por viejos con sus leyes arcaicas no tienen cabida ni oportunidad para el payasito.
Que los ancianos que escribieron las normas se amargaron su vida con el dinero y se refugiaron en las cosas materiales, mandando a los miserables al olvido y serraron sus corazones para que sus niños se entretuvieran con los objetos vanos y no con otros niños como humanos. 
Que el pequeño artista también envidia al ver otros niños con sus juguetes, sus mochilas de la escuela y acompañados de sus padres.
Y que también sabe valorar las cosas y valoran de una forma única e increíble: la amistad, ya que los hace sentirse acompañados, cuando el mundo globalizado lo destierra a la soledad, sus zapatos esos que los cubre del calor ardiente y de los vidrios de la jungla de asfalto y cualquier comida que haga calla las tripas y alivie el alma.
Que recuerda su cumpleaños de alguna forma inexacta, así como su nombre, pero con el tiempo olvida sus apellidos y solo habrá un recuerdo de su alias.
Me contó de una forma muy segura mi niño como profeta. Que ningún niño de la calle quieren ser delincuentes cuando crecen y que todos quieren y tienen la nobleza de tener una profesión y no solo para enriquecerse y tener un estatus social.
 Si no para ayudar. 
 Pero como casi siempre, su medio ambiente que carece de oportunidades los orilla, ha crecer de una forma dura y violenta, hacer nomas que delincuentes. Olvidándose, tal vez por odio o coraje y sobre todo por las injusticias vividas. De su niño interno formando parte del sistema que los viejos crearon.
Que también tienen sueños aun que viven en una pesadilla.
Yo melancólico y asustado a la vez y mi niño sonriéndole al payasito como despedida. Partimos del lugar para hablar de otros temas...

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