Y cantaba esa ave, volaba de cielo en cielo, entre los cedros y pinos se paseaba. Descansaba sobre las sombras de los abedules y abetos.
Y un día la miro.
Navegaba por el aire distraído como de costumbre y sin saberlo en septiembre comenzó a cantar sobre su ventana y ella pagaba con una sonrisa y el ave feliz cantaba con más fuerza.
El otoño comenzó en octubre y esa ave loca emigró a su alcoba.
Las lluvias de noviembre con su compañía en la ventana fueron realmente acogedoras y el ave le cantaba al oído.
El invierno pego tan duro que buscaba refugio en su cuerpo caliente, y el ave cantaba sobre su pecho.
Enero fue mágico, el vapor que salía de la ducha le calentaba el alma y ella le daba de comer en la boca y el ave volaba de su cama a sus brazos, desesperado por llegar como si ese fuese todo el cielo.
En febrero abrió las ventanas de su vida y por miedo a que el ave se fuera la encerró con una jaula que la misma ave ayudo a adornar.
En marzo cantaba dentro de la jaula y al principio le acariciaba como recompensa.
Y ya en abril le ignoraba mientras el ave suplicaba porque le hicieran caso.
Mayo fue duro la primavera se observaba desde la jaula y ella entraba y salía de su cuarto como si nada importara.
Junio y julio dejo de cantar y comer.
En agosto se preocupó de esa ave que moría por dentro, abrió la jaula para revisar el ave y olvido cerrar la venta de su cuarto, el ave despechada y furiosa voló a su libertad salió de su vida con el corazón partido.
En septiembre regreso, la miro en la distancia y canto en silencio para no llamar su atención.
En octubre los vientos anunciaba la partida al sur y el ave terca y testaruda, aguardo en el recuerdo donde vivía.
Y en noviembre se dio cuenta de su error, pero ya era demasiado tarde para volar al sur.
Las lluvias llegaron desde el corazón al cielo inundo las calle y los recuerdos, y el ave casi muere ahogado mientras cantaba auxilio con tanta pasión.
Diciembre congelo el corazón de la chica que miro al ave mientras sufría del frío que congelaba el alma y sin remordimiento alguno, se negó abrir las ventanas de su vida, de su habitación y con arrogancia lo miraba e impedía la entrada una vez más a su Corazón.
La soledad congeló las alas en enero de esa ave que intento en más de una ocasión llamar su atención mientras cantaba frente a su ventana.
Yo amigos míos intenté en más de una ocasión ayudar a esa ave mientras caminaba ebrio por la calle del olvido.
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